
Nivel avanzado de inglés, Relaciones Internacionales, Productor de sonido, especialista en Biomedicina... Hoy en día, todo el mundo parece tener habilidades en algo muy específico: diplomas, certificados y títulos así lo aseguran. De hecho, en las entrevistas de trabajo, antes incluso de haber comprobado tus capacidades, la primera cosa requerida es el currículum vítae. Gracias a este papel, se puede saber tu experiencia, logros o habilidades. Sin siquiera verte, confían plenamente en ese trozo de papel. En consecuencia, mentir o, como la gente suele decir, “contar sólo lo bueno que tengo y hacerlo parecer aún mejor” es una tendencia muy extendida hoy día.
Como se suele decir, “los políticos representan a los ciudadanos, ¿no?”, pues también ellos lo hacen. Recordemos que en los últimos meses se han dado varios escándalos por mentir e inflar sus currículos. El más sonado de ellos fue el del máster de Cristina Cifuentes, que destruyó su prestigio personal y le hizo perder su codiciado puesto de Presidenta de la Comunidad de Madrid, nada menos. Éste no ha sido un caso aislado, pues son varios los políticos que están siendo investigados para establecer la veracidad de las cualificaciones que exhiben en sus historiales académicos.
Generalizando, se puede afirmar que la gente suele mentir debido a un problema subyacente tras todo esto, es decir, la importancia que se da a las titulaciones es cada vez mayor, ya que el contacto real y la experiencia tienen menor importancia para prosperar en un negocio. Pensemos, a modo de ejemplo, que obtener una certificación oficial en un idioma puede resultar bastante fácil, y sin embargo, no asegura que la persona vaya a ser entendida al hablarlo.
La distancia entre lo que se solicita en una entrevista de trabajo y las habilidades que se presuponen a la vista de un currículum vítae es cada vez mayor. Esto ha provocado cierta incertidumbre en términos ya laborales: ¿Estamos realmente cualificados para ese trabajo que solicitamos?
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