
- «Los niños necesitan jugar para desarrollarse correctamente. No deberían hacer tareas de clase en casa, para eso ya está el colegio».
- «Los deberes ayudan a los estudiantes a comprender lo que es el esfuerzo personal».
Ésta es una conversación cada vez más habitual a la puerta de los centros educativos. La sociedad española está dividida al respecto. Y es que, como pasa con todo, ambas posturas presentan tanto ventajas como inconvenientes. Veamos cuáles son las razones a favor y en contra en torno a este conflictivo tema.
Los que defienden las tareas escolares apuntan que son múltiples sus beneficios. Por un lado, en el ámbito del desarrollo personal, los deberes ayudan a madurar al menor en la adquisición de valores, a moverles a establecer unas rutinas y a asumir responsabilidades personales, ser disciplinados y valorar lo que significa el esfuerzo personal. Asimismo fomentan que, desde pequeños, aprendan que tienen que cumplir un objetivo, proporcionándoles la satisfacción de su propio aprendizaje. Por otro lado, en el ámbito académico, las tareas de casa les ayudan a reforzar los contenidos vistos en el aula e, incluso, a añadir contenidos nuevos.
En el extremo opuesto, los que demonizan las tareas escolares, afirman que éstas carecen de valor pedagógico, ya que a veces son ejercicios de meras copias que no dejan lugar a la creatividad o al emprendimiento. Les critican el hecho de que generen y aumenten las desigualdades sociales entre aquellos niños con padres que pueden o no ayudarles según su nivel económico y cultural. Aseguran, además que frustran a los niños, que, en vez de jugar, se pasan las tardes haciendo deberes, acabando, en muchos casos, agotados y odiando los deberes y el cole, y llegando incluso a provocar tensiones familiares, cuando su realización enfrenta a padres e hijos.
Está claro que los deberes escolares nos traen de cabeza a todos: profesores, padres e hijos. A los unos, porque los ponen o porque no; a los otros, porque los tienen o porque no. El debate sobre su utilidad está sobre la mesa y no debería enfriarse por el bien de la educación. Mientras exista debate significará que la educación está viva, autocuestionándose y reinventándose.
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